viernes, 14 de enero de 2011

El tiempo

Hace años, anales, giros de la Tierra en torno al centro gravitatorio del sistema solar empecé a escribir un cuento. Era yo un niño nomás. Me parece ya otro tiempo estelar.

Quería escribir algo que me hiciera sentir en consonancia con el universo. El tema sería Ofiuco, el portador de la serpiente. Un número trece. Pensé que cuando lo lograra sería algo importante.

Elegí el tema solo porque Ofiuco, estrellas y milenios, en conjunción, me sonaron importantes. Y, para añadirme crédito, fue algo que descubrí en las horas que pasé estudiando los libros esotéricos de mi colegio jesuita, de una librería grecha de Metrocentro, de las bibliotecas teosóficas de una tía y la mamá de una amiga. Y era algo que, como Ofiuco, estrellas y milenios, me sonaba a imposible o algo que nunca pasaría.

No es que solo yo lo supiera entonces. Ni que sea tan importante. Ofiuco era uno más de esos secretos que rumiaba en los recreos, de las cosas que pensé que solo yo sabía y añadían un sentido a la vida de un estudiante. De un hijo. De un asteroide. Los secretos se hicieron mi fuente en algún momento hasta que no supe distingir algo que leí en otra parte con algo que pensé que sabía desde siempre. A más no haber uno se encariña con cualquier cosa. Ah, y el cuento, el cuento pensé que esperaría un poco más, sabía que estaba en otra parte. Larguísimo como la espera.

Y hoy sé que ya no hay qué esperar.

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